Digamos que, un compatriota observa a otro apoyado en el Puente de Piedra, mirando el Rímac, meditando sobre Heráclito, el tiempo y vanitas vanitatum. Más tarde escucha a un alemán en un live junto al Sena, hablando de lo mismo, quizás con menos gracia. A este último lo identifica como posible filósofo o diletante. Al contrario, en su paisano sospecha impostura, producto bruto de la pretenciosidad. El alemán es un «desnudo griego»; su paisano, un «peruano calato».*
Pero ¿por qué, más allá del eurocentrismo, ese afán de retratarnos con frecuencia como forzados bufones? Supongo que influye nuestra costumbre de acercarnos a la realidad mediante modelos, a veces bastante rudimentarios. Luego confundimos el modelo con la realidad, el estereotipo con el individuo. Y confiamos en que el sentido común siempre será certero.
Así, dadas las condiciones poco ideales de nuestro sistema educativo, tendemos a imaginar al peruano promedio pasando de un TikTok a otro en vez de mirar el Rímac y pensar en Heráclito. Pero esa imagen también es una reducción. Toma un lugar común, lo vuelve vistoso y lo hace pasar por un retrato del país. Habría que considerar qué oportunidades tendría ese peruano con un Estado de bienestar como el alemán o una red de bibliotecas bien nutrida. También podría estar pensando en vanitas vanitatum y hacer un live sobre eso. Muchos ya lo hacen sin esas condiciones.
La sospecha persiste cuando hemos interiorizado esa imagen de inferioridad. Los medios y ciertas dinámicas sociales pueden reforzarla, hasta hacernos desconfiar de una inquietud propia que aceptaríamos sin reparos en un extranjero. A ello se suma la comodidad de proyectar nuestra realidad mental sobre los demás. Si algo queda fuera de nuestro repertorio, suponemos que también queda fuera del suyo. Así terminamos llamando pretensión a lo que sencillamente desconocemos del otro.
Desprogramemos, entonces, esa oposición entre el peruano calato y el desnudo griego. ¿Qué sería un desnudo peruano? ¿Y un griego calato? Basta invertir las palabras para advertir el prejuicio. El buen Rodolfo Hinostroza puede servirnos, pues la mejor desnudez que nos ofrece es la de sus pensamientos. Identificar los esquemas mentales y los prejuicios que se esconden en nuestras suposiciones más corrientes debería enseñarse en todos los colegios. Tanta falta que hace hoy esto.
* La escena inicial recrea un pasaje de Rodolfo Hinostroza citado por José Carlos Irigoyen en el prólogo de Poesía completa, de Antonio Cisneros (Lumen, p. 9). En el original, Hinostroza compara su propia meditación frente al Rímac con la de T. S. Eliot frente al Támesis.





