Si los hombres fueran ángeles, los controles sobrarían

“Soy un jugador que quiere meter goles y necesito una camiseta que me permita entrar a la cancha”. Algo así respondió Pancho Massa cuando le pregunté por su tránsito en diversos partidos. La metáfora me pareció más sincera que cualquier pirueta ideológica. Massa entiende la política desde la acción. Un líder cinético. Hacer. Mover. Resolver. El partido aparece no como identidad sino como vehículo, un pragmatismo bastante frecuente en la política peruana. Luego aparecen Saraja, Luren, Huacachina, el huarango, el manjar blanco de su abuela. Conoce los símbolos de Ica y tiene una trayectoria que los precede. El Grupo Oasis, su intervención en Huacachina y la planta de oxígeno son hechos concretos. La duda es otra. Una cosa es movilizar personas, dinero y maquinaria; otra, gobernar una municipalidad atravesada por intereses, normas y conflictos. Weber distinguía el liderazgo personal de la burocracia racional. Massa ha demostrado capacidad para gestionar. La pregunta es si puede convertir ese liderazgo de gestión en liderazgo institucional.

Douglass North, Nobel de Economía, insistía justamente en eso. El desarrollo depende menos de individuos excepcionales que de instituciones capaces de coordinarse. La circunvalación que Massa propone por Tierra Prometida hacia Ocucaje es un buen ejemplo. Quedan algunas cifras por contrastar —como también en residuos y bonos de carbono—, pero hizo una precisión sensata. Una obra así no depende solamente de un alcalde. Habló de impulsarla y gestionarla. Gobernar también es lograr que varias instituciones se muevan en la misma dirección.

Por eso habría querido más detalle cuando hablamos de corrupción. Massa apeló al ejemplo, a escoger gente correcta, delegar y controlar. Coincidimos. A esa idea sumaría una de James Madison, uno de los principales arquitectos de la Constitución estadounidense. Si los hombres fueran ángeles, los controles sobrarían. Una municipalidad sana necesita buenas personas, sí, y también trazabilidad, controles cruzados, auditorías, transparencia, reglas sobre conflictos de interés e incentivos que hagan difícil robar y costoso encubrir.

También le pregunté por algún error propio que hoy reconociera. “Tengo tantos que ya ni recuerdo”, respondió. Me habría interesado alguno concreto, no por el error en sí, sino porque gobernar también implica revisar decisiones, aprender y corregir rumbo. Massa ya ha dado evidencia de su capacidad personal para mover cosas. La pregunta ahora es si puede convertir ese impulso en equipo, y el equipo en institución. Esto es basal porque, más allá de una gestión, lo que queda es la institución.

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