Caminaba por las chacras de Cerro Prieto escuchando a Mario Alonso Puig. El silencio del lugar me aquietaba, digamos vigorosamente, como un brote de ciruelo. Se planteaba que había tres grandes sistemas neuronales: el cerebro, por supuesto, con todo el sistema nervioso; el corazón; y el intestino. El intestino tiene entre 200 y 600 millones de neuronas; el corazón, entre 14 mil y 43 mil; y el cerebro, decenas de miles de millones, dependiendo, supongo, de cuánto uno fume o se pase scrolleando reels y TikToks 24/7. Me llamó la atención otra aseveración, que alrededor del 90 % de la serotonina del cuerpo se produce en el aparato gastrointestinal. El intestino, entonces, tiene bastante más que ver con nuestras emociones de lo que solemos pensar. Puig hablaba también de cómo el silencio ayuda a organizarnos, a salir de esa divagación constante de la red neuronal por defecto y entrar con mayor facilidad en estados de atención y control ejecutivo, osea la red ejecutiva central. Estar en este lugar y poder pensar estas cosas me nutre. Me gustaría que todos tuviéramos acceso a algo así. En el video se citaba una frase: «La mente intuitiva es un regalo sagrado y la mente racional es un fiel sirviente». La intuición necesita que estemos con nosotros mismos. Para eso, es fabuloso el silencio. Se ha dicho que el lenguaje de Dios es el silencio. Tengo la sospecha de que huimos de él porque no queremos sentirnos solos. Me refiero al silencio, no a Dios.
Hay una persona que veo siempre en el gimnasio. Cada vez que entra a las duchas lleva un parlante potente y pone música. Alguna vez he pensado en decirle algo. Después pienso para qué. Yo termino de bañarme y me voy. Nadie le dice nada. Y también me pregunto para qué juzgarlo. Quizá ahí hay algo. El juicio tampoco nos permite estar bien en el silencio. Estamos juzgando permanentemente: al otro, a nosotros mismos, lo que ocurrió, lo que debería ocurrir. Tal vez por costumbre, tal vez por hipervigilancia, por cronificación de agentes estresores. ¿Qué hace todo ese ruido interior con nuestro cuerpo? ¿Qué hace con el intestino, con el corazón, con el cerebro? Puig cuenta el caso de Margarita, una mujer que sufría constantemente de gases y molestias estomacales. Nadie terminaba de resolverle el problema y, al mismo tiempo, odiaba a su jefe. Puig le hizo una recomendación extraña, durante dos semanas, sonríele siempre a tu jefe. Margarita se fue confundida. Le pareció un médico bastante raro. Pero regresó después y le contó que sus molestias estomacales habían desaparecido y que, además, ahora se llevaba bien con su jefe. Ya no necesitaba tomar medicación para el estómago.
Puedo afirmar dicho todo esto que, el problema no es solamente el ruido ambiental. Es el ruido interior. El juicio parece ser una de sus formas más persistentes. Juzgar lo que vemos, juzgar a quien pasa, juzgar lo que hicimos, anticipar lo que vendrá. Pero ahora mismo no tengo demasiado que pensar sobre eso. Estoy viendo un ciruelo nacer, los eucaliptos, los gorriones y las golondrinas que circundan el camino a Cerro Prieto. Más arriba desaparece incluso eso. Cuando subo al cerro ya no hay chacras ni árboles. Solo piedras, secas y rojizas, como ladrillos abandonados dentro de un horno gigantesco. Me agradaría charlar un rato, con el hornero.





