La ira puede ser justicia. Pienso en las denuncias de violencia sexual en el Liceo Naval y en la ira de transición que Martha Nussbaum desarrolla en La ira y el perdón (FCE, 2018). Una ira que abandona la venganza y se orienta a reparar el daño y evitar que se repita. La crueldad debe ser abolida y castigada. Ejercer violencia para humillar es un acto de vileza y cobardía. Una sociedad que lo tolera destruye sus bases de convivencia. Detener una agresión puede exigir fuerza; su finalidad es proteger a la víctima. También nuestra ira debe orientarse hacia esa protección y hacia la justicia. Sentirla no nos impide razonar. Podemos convertirla en una exigencia de investigación rigurosa, sanciones conforme a las responsabilidades acreditadas y protección efectiva para la víctima. Exigir también que se investigue cualquier posible encubrimiento. ¿Qué sentiríamos si la víctima fuera nuestra hija, nuestro hijo, nuestro hermano? Esa pregunta debería acercarnos al dolor ajeno. Reconocer al otro y actuar frente a su sufrimiento es un principio básico de civilización. Tampoco acepto la resignación de quienes dicen que poco se puede hacer ni los relativismos obscenos que minimizan la crueldad. Cuando las instituciones fallan, corresponde a la ciudadanía exigir que respondan. Organizarse, acompañar a las víctimas, fiscalizar y sostener la exigencia de justicia cuando el tema deje de ser noticia. La ira puede movilizarnos; el compromiso debe durar más que el escándalo. La crueldad encuentra espacio cuando quienes podrían frenarla se acostumbran a mirar de costado. Y que esta ira se vuelva justicia.





