Delfos y el ruido

Delfos canta conócete a ti mismo. Es veinte de agosto, día de la papa frita. Y mi partner,  látigo en mano, pide a GPT la receta para lomo saltado de «El Gran Chef Famosos».  Pero ahora es Apolo quien nos da de hostia. Conocer nuestro yo, es como hacer una cirugía de oído entre la niebla. Pero cocinar un lomo, cosa de chiquillos. Hasta decir cocinar tiene cierta pretenciosidad. A lo mucho haremos maridaje con un malbec joven de Plaza Vea, y reproduciremos malamente la receta. Volviendo a la operación de oído, conocerse es ser paciente y cirujano. El que observa es también objeto observado. Por eso, quizás, preferimos el escapismo acomodaticio de errar por los circos ambulantes, las covachas residuales o los palacetes de la mente, que significan los otros. A veces conocer a los demás es una fuga amable. Otras un espejo. Pero entrar a nuestra propia fosa de leones, Daniel, eso sí que no.

Es que participar de esa danza de psicologías alberga novedades que, bailar solo no te ofrece. Conocer a los demás es compartir su son al bailar y el sazón de su cocina. Y en la mayoría de ocasiones, implica el muy amable alejamiento del trabajo. Es que, claro, conocerse es trabajo. Requiere estudio, soledad, silencio, disciplina. A contramano, conocer a los demás implica hacer swipe up. Mirar hacia esos horizontes que son los demás, y más aún sin ninguna responsabilidad, es tan satisfactorio. Aunque vale decir que, elijamos el punto de vista que elijamos, siempre nos llevaremos a nosotros. Es un incordio. Nosotros mismos, queriendo ver la vida como un carnaval de máscaras. Pero obligados con pesar, a cargar la mochila que somos para nosotros, nosotros mero.

Conocerse es navegar intramares. Y como el itacense para arribar a la añorada playa, se nos exige tapiar de cera las orejas para no oír ni el resuello de Polites. O fabricar sogas que nos mantengan sujetos al mástil de nuestras agencias. Mejor si son sogas paracord 550 hacia adelante. Es la entrega final al happening del silencio. Sin cantos, resuellos o palabras. Silentium est aureum. El silencio es oro. Dicen que las palabras son plata y el silencio, oro. También que una hora de silencio equivale a un año de libros. Así cantan los huarangos o algarrobos como les apodan en el norte. Hay un orden revelado en la quietud de sonidos y el movimiento. Pero nos parece aburrido. Se ha intentado incapacitarnos el performear desde la consciencia. Hemos tomado con voracidad las migajas del ruido, la trivialidad y aquellos pequeños y miserables placeres que los pequeños y miserables de espíritu, adoran como perras de bronce de Baal. En consecuencia, las artes y las ciencias han sido mudadas como aperos de labranza y artilugios, respectivamente. El discurso público las elogia. Pero la metacomunicación de nuestra época las encuadra como obsoletas. Yace allí la ironía. Precisamente cuando las máquinas empiezan a poder escribir, resumir o programar, investigar y ejecutar tareas por nosotros, vuelve a hacerse escaso aquello que la filosofía lleva miles de años intentando contagiarnos. Un criterio. Una IA puede multiplicar la capacidad de acción. Pero, ¿qué hay de lo que da el criterio, es decir, la dirección? Lo que ocurrirá es que iremos, sí, muy veloces hacia las rocas, acelerando naufragios. Y tan fácil que es cambiar esto, como un golpe de timón.

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