Tu hipervigilancia, residual de tu adultescencia, todavía sirve. Tras su lente, los errores se aprecian incómoda y tragicómicamente nítidos. Como un abceso en la punta de una nariz adolescente. Casi una convexidad del tamaño de Saraja. Y bueno, ya habituado a ese gravoso don, como todo un profesional reparas que las ventas no están subiendo. Sabes lo que sucederá si no haces nada. Es como cuando tenías nueve. Tu casa colinda con esa alcantarilla que se llama acequia Mochica. Entonces debes nadar entre las ratas, el agua marrón y basofia, porque Choclococha ha colapsado y el bordo puede vencerse y salitrar tu muro perimetral, y desde ese punto la basura será lo más venial. Tu casa no será más que un pantano donde el Chino se tomará otra foto con sus botas de jebe. Todos hemos odiado estos quehaceres, no solo por la fatigosa repugnancia de andar entre desechos, sino por lo que significa. Otra vez la precariedad. Volver aquí significa que no has avanzado. Como círculos en derredor de casa. Y sin algún Virgilio pero sí con todas Beatrices ghosteandote. O aún peor. No es la falta de progreso sino la admisión de un firme retroceso. Y dices , ¿qué haces aquí Fred?! No, no, Fred, no! Pero ahí está. De vuelta. El agua puede inundar tu casa. No ansías volver a jugar este nivel pero todos deben volver a superarlo, para desbloquear el siguiente. Es un bucle abierto. La misma herida. Hay que cerrarla de nuevo. Cierto, es la misma opereta pero ya no tienes nueve o granos en la cara. Tampoco una red de contención parental. No es como cuando pequeño todas las tarjeta de la kermesse te la podía comprar la familia, aunque no fueran. Adivina ahora quién es el adulto a cargo. Entonces entiendes. La única vía hacia adelante es la aceptación de lo inaceptable. Es eso o la infantilización perpetua. Así que aquí estamos, plantando nuestra sudorosa faz con síndrome del impostor incluido, frente a los problemas. Y todo problema implica para su resolución, la toma de la responsabilidad de causas y consecuencias. Lo dulce de lo amargo es que responsabilidad implica poder. De transformación de paisaje cultural-emocional a través de la asunción del rol que te toca. Eso te insufla fuerza, autoestima y la consistencia de un propósito. Tal vez ignoras la mina de diamantes que valúa esto. Es que es así. Para funcionar en niveles de alta competencia, requieres consistencia. Y la madurez es ser consistente. Es leer si te has propuesto leer, trabajar, entrenar, es postergación de la recompensa inmediata, es hacer durante años aquello que antes solo hacías cuando estabas motivado. Bajar al basural y palear mierda o llamar tu mismo a los clientes para comprender qué pasa con la campaña. Abandonar el iluso narcisismo del niño, la plaga del mesianismo o un narcisismo victimista, en favor del sobrio vigor, característico de una mujer u hombre adultos. En ese estado se revelan ciertas tosquedades. Las primeras son sobre ti. Nunca fuiste ni eres alguien extraordinario. ¿Mamá mintió? Es un alivio que recompensa con la posibilidad de un margen kilométrico de mejora. Mejora que supondrías harto excepcional, reservada solo para los predestinados con dinero, amplitud clavicular, baja grasa submentoniana o papás con nexos oligopólicos. No. A pesar de que sí desde luego, los afortunados que mencionas recorren estas distancias hacia el progreso, en yate y valet a bordo; este margen de mejoras sí se puede conquistar y para tu pasmo, con gestos ridículamente pequeños y no tan caros como fantaseas. Dormir más temprano, tender tu cama, hacer una pizarra con los proyectos y tareas por mes, llegar 10min antes, comer más proteína y verduras, cenar temprano, entrenar fuerza, revisar o insistir -es igual- una vez más. Podríamos continuar esta lista imperfecta pero la idea presiento que es clara. Es a través de la asunción de tu propia realidad que-no solo saberla basta sino sentirla en carne y médula- comprendes que mediante la acumulación consistente de pequeñas y simples tareas, sí es factible y cercano ese crecimiento que siempre has soñado. Agradece tu hipervigilancia y su historia de micro y macrotraumas, sin encadenarte o romantizar a ello. Tú no eres ya aquel, todos los días estás siendo alguien nuevo, y aunque retrocedes cada tanto, como el sol, las mareas, los mercados, todo, es solo para recordar que funcionar en altos niveles requiere tu personal consistencia. Sí, se viene otro El Niño, sí quizás haya que ir a sacar la basura y volver a microadministrar las ventas. ¿Y qué? Lo haces porque es lo que toca, y es por algo bueno, mejor y sabio. La satisfacción de saber y hacer eso es un magnífico regalo.